CÓCTEL DE LOCOS

Cuento: “Cóctel de Locos

     Siempre me siento atraído por la gastronomía chilena. En la ciudad de Santiago han desarrollado una muy alta profesionalidad de servicio, dándole las máximas atenciones al cliente de tal modo  que en ningún momento éste se siente incómodo. Es el caso del restaurante “Le Due Torri”, de origen italiano (sus dueños nacieron en la ciudad de Bologna),  hoy son especialistas en mariscos y comidas típicas del país. La calidad de sus pastas es insuperable, máxime cuando la combinan con la excelencia de los mariscos extraídos de las congeladas aguas del Océano Pacífico, que bañan las costas chilenas. Ese es el sitio en el que hemos decidido tener la cena de camaradería de la noche de hoy. Estoy ansioso, no veo la hora de que llegue el momento. Los recuerdos se agolpan en mi mente. Es que, un lugar como ese, tan especial, impacta fuertemente en la memoria de las personas.

     Decido  llegar temprano, quiero disfrutar del entorno, por ese motivo pido que no me vayan a buscar al hotel, iré por cuenta mía. Una vez más me han hecho reservaciones en el hotel Attón. Tanto el hotel como el restaurante, están ubicados en el barrio de Vitacura, supongo que no deben de estar muy lejos. Ya conozco la zona, he estado en anteriores oportunidades, es una excusa perfecta para pasear libremente  por una ciudad tan acogedora y segura. Antes de salir del hotel busco referencias en internet, no hay forma de perderse. El creer saber es muy peligroso, tanto el hotel como el restaurante están cerca de la avenida que identifica a la zona, Vitacura, pero con un detalle nada menor, ambos están donde comienza la avenida, pero … en extremos opuestos. Me siento identificado con la filosofía de Sócrates. Pido un taxi, es lo más inteligente.

     Al llegar veo el muro bajito, que delimita el primer sector donde antes colocaban mesas,  ahora es donde los clientes salen a fumar. Luego, enseguida viene el elegante recibidor, siempre custodiado por personal ataviado en forma muy distinguida. Allí ya comienza una galería con mesas dobles, y más adelante se abren los espaciosos salones interiores. En la zona central se identifican los accesos a la cocina y servicios generales. Me hacen la pregunta de rigor: “¿Si tengo reservación?”. Respondo afirmativamente y menciono el nombre de la compañía para la que trabajo. Me conducen al sitio previsto, al fondo, a la izquierda, inmediatamente antes de otro sector de mesas separadas por un biombo bajo, de madera labrada, entretejido con cuerdas náuticas, muy bonito. Obviamente, soy el primero en llegar. De inmediato me preguntan si deseo solicitar algo y, pido algo que sé que habrá de ser de mi agrado: un “Pisco Sour”, un clásico chileno.

     Miro el entorno y recuerdo las veces anteriores que he estado en el lugar y empiezo a  recordar los menúes que degusté. Tengo buena memoria para las cuestiones culinarias, me doy cuenta que recuerdo hasta lo que pidieron mis compañeros de mesa. Atrás del mesero que trae mi aperitivo veo que llega otro de los invitados, y me animo a hacer un comentario:

  • ¡Hola Ricardo! A qué sé lo que vas a pedir para acompañarme con el Pisco Sour
  • Pero ¡por supuesto! Tú ya me conoces, sabes cuales son mis preferencias.
  • ¡Correcto! Tráigale un Amaretto Sour a mi amigo, por favor.

     Saludo va, saludo viene, y la conversación comienza distendida, sin apuro.

  • ¿Así que ese era el biombo que separaba la intimidad de la parejita feliz? – pregunto
  • ¡Ah, sí, claro! Ese es el famosísimo biombo.

     Es como que mi mente se decide a trabajar en multitasking, se divide, y mientras converso con el amigo, también recuerdo cosas que en algún momento ese mismo amigo me ha contado.  Éste es un restaurante muy visitado por personalidades del jet set y de la política. Es común ver ubicados en las mesas a personas importantes de la sociedad, y tal vez a personas muy mediáticas. Es el caso de lo que está en mis recuerdos. “¡Era La Boloco!”, me contó. La chica mediática era extremadamente bonita, fue miss Chile, de profesión modelo y conductora de televisión, y con una elegancia fuera de lo común, alta, exuberante, joven, hermosísima. Se contaba que había viajado mucho a la ciudad de Buenos Aires, se decía que era por cuestiones laborales. Mi amigo me contó que, cuando él fue testigo del hecho, frente a ella, se encontraba un hombre vestido en extremo elegante, al que no le pudo ver el rostro. De cabello negro, bien peinado, de traje oscuro con rayas verticales claras. Parecía de baja estatura, no muy corpulento, y, cuando la belleza de la joven mujer distrajo la atención de mi amigo, se dio cuenta que las mesas que rodeaban a la que ocupaba la pareja, estaban todas ocupadas por hombres. Todos trajeados, corpulentos, y que no miraban sus platos, permanentemente miraban el entorno, y uno de ellos, con cara de malo, cruzó la mirada con la de mi amigo, obligándolo a mantener una discreción que se dio cuenta le estaban exigiendo a gritos, so pena de ¡andá a saber qué consecuencias podría llegar a tener! “¡Era Carlos Menem!”, me contó. “¡Ese era el hombre que estaba con La Boloco, atrás del biombo de maderas labrada, entretejido con cuerdas náuticas.”, me dijo.

     Llegaron los demás invitados y seleccionamos el menú, fue variado. Entradas de “Champignones al ajillo”, “Machas a la parmesana”, “Caldereta de mariscos”, “Consomé de Jaivas”, y … “¡Locos!”.

  • Disculpe señor – le dijo mi amigo al mesero – Locos tiene ¿verdad?
  • ¡Ehhhhhh! No tengo seguridad, el clima ha sido inhóspito últimamente ¡Déjeme averiguar y le confirmo!

     “Locos” es el nombre que le dan a un caracol oceánico que sólo se puede recoger en determinada época del año, es extremadamente codiciado gastronómicamente, y mi amigo sabe que soy fanático de ellos. Siempre hago el chiste de que, cada vez que voy de viaje a Chile, al regresar a mi país, siempre dejo un Chile más tranquilo, porque dejo muchos “Locos menos que los que habían cuando llegué”. Es un caracol duro, fibroso, si no se lo sabe preparar puede ser difícil de comer. El método tradicional de proceso es el siguiente: “golpearlos”, para romper sus fibras. Los colocan dentro de cámaras de auto y las golpean contra las rocas o el pavimento, de ese modo los ablandan, quedando listos para cocinar.

  • Sí, Señor, tenemos. ¿cómo los prefiere?
  • ¡Locomayo! – Respondo rápidamente, expresando la idea de que los deseo hervidos al natural acompañados de una mayonesa de oliva.

     Es infaltable el vino en una mesa chilena, yo elegí un Chardonay, otros compañeros prefirieron el clásico Carmenére chileno, que va bien con todo. La mayoría de los platos principales se basaron en pescados y mariscos. “Salmón Grillé”, “Congrio rebozado”, “Tilapia a la plancha” y … ¡Nunca falta un uruguayo pidiendo carne de res!

     Los postres ¡indescriptibles!

     El café ¡espectacular! Acompañado de pequeños bombones de chocolates y mentas.

     Al salir, el frío se había hecho intenso, cortaba la cara. Miro los estacionamientos y busco la ferrari o la limosina blanca en la que me dijeron viajaba la parejita de incógnito. No veo nada especial, sólo el frío que corta la cara.

     Enrosco la bufanda alrededor de mi cuello. Santiago de Chile es la única capital de América ¡en la que he tenido que usar bufanda!

Autor: Harry Biswanger

Autor: Harry

Escritor / Entusiasta Informatico / Proyectos / Luthier / ... Ja Ja !!! Olvidaba algo importante: "Pescador" ... Resumen: "Creativo" !!!!!!!