LA REBELIÓN EN LOS ESPEJOS

Título: La rebelión en los espejos

El Cañadón de los  Espejos tiene una belleza alucinante. El arroyo baja desde las serranías y allí detiene su avance, distribuyéndose en varios espejos de agua. Forma pequeños lagunones transparentes y tranquilos. Cada espejo evacúa agua sin que nada lo apresure y se vuelven a juntar más abajo para formar de nuevo un único hilo de agua, el clásico arroyo que sigue bajando hasta el llano. Esta planicie salpicada de pozos queda a mitad de la altura del cerro y mira al norte. Dado que estamos en el hemisferio sur, las grandes luminarias del cielo siempre la iluminan, invierno y verano.

– Estoy preocupado – dice Eustaquio – salí muy tarde, seguro me alcance la noche junto a los espejos.

A esta zona también le llaman  El Valle de los Nunca Muertos y eso es lo que atemoriza a Eustaquio, sabe que si debe acampar ahí, seguro no va a pegar un ojo en toda la noche. Pretender bajar al pueblo y regresar en el mismo día no es fácil, máxime cuando las horas de luz son menos que las de la noche,  estamos comenzando el segundo menguante de otoño. Se vio obligado a abajar al pueblo para proveerse de semillas, sabe que debe sembrar en la próxima luna nueva, eso lo obligó a realizar esta diligencia, no podía seguir esperando.

– Me encomendaré a La Virgen y que Dios me ampare. Ni el revólver ni el machete me podrán ayudar esta vez.

Ocurre lo que temía, la subida siempre es más lenta, por el repecho y lo escabroso del terreno. Ya empezó a palidecer el día y llegó al primer espejo de agua, sabe que el mejor lugar para acampar es un poco más arriba, debe juntar leña antes que oscurezca más. En el lapso entre que se oculte el sol y salga la luna habrá un período de oscuridad total, quiere que algo lo ilumine, la linterna que trajo es de poca potencia, a esta hora ya pensaba estar  en el rancho, habrá que improvisar. Él es guapo para pasar la noche a la intemperie, no sería la primera vez que lo hace, pero en este lugar, es otra cosa, no le gusta nada, se siente más cómodo cuando las balas o el filo de un cuchillo resultan útiles, no es el caso, y el crucifijo quedó colgado en la pared sobre la cabecera de la cama.

– Ya al sol recién volveré a verlo mañana – dice – pero sólo si Dios y La Santísima Virgen se apiadan de mí. Ahorraré leña, esta noche no quiero que la oscuridad me gane.

Las estrellas se van sumando y cada una se multiplica varias veces, tantas como espejos de agua hay en el Valle de los No  Bien Muertos ¿o de los Nunca Muertos? Esos nombres lo confunden, a la gente  no les gusta usarlos, los mencionan poco.

Recuerda al último chamán que murió no hace mucho,  lo conoció bien, varias veces ayudó a su familia. En el nacimiento de cada uno de sus hijos, en la enfermedad de su madre y unas tantas veces más, recuerda hasta cuando lo mordió el morrocoyo de la cachimba. El indio siempre lo ayudó. Volver a verlo no le desagradaría, pero le da miedo. Un escalofrío recorre su cuerpo, se estremece, está perdiendo el valor, no nació para enfrentar a lo sobrenatural. Siempre dice que prefiere creer que la muerte es definitiva.

– Muerto el perro, se acabó la rabia – dice con los dientes apretados – Y que el perro ¡muerto quede! ¡carajo! ¿Qué es eso de andar amagando a morir? ¡Indecisos de mierda!

Estando en este lugar la oscuridad lo asusta, pero no tanto como la salida de la luna. La luz lunar es romántica, agradable, tranquilizadora ¡pero no acá! Le tiemblan las manos y no es el frío, las pupilas las tiene contraídas y esquiva mirar hacia los espejos de agua, pero es imposible, los pozos de agua lo rodean, mire a dónde mire, siempre hay alguno.  Entrecierra los ojos, no los quiere ver, pero el miedo de no ver a su alrededor es peor.

– ¡Prefiero morir mirando la muerte! – exclama, abriendo los ojos con las pupilas más contraídas aún.

Al salir la luna se marca un hilo de plata largo sobre cada espejo, que comienza en el borde oriental y se extiende hacia el poniente, como buscando tocar al sol que hace rato dejó de brillar. El miedo de Eustaquio aumenta igual que la distancia del horizonte a la luna. El hilo de plata se acorta y de a poco se va transformando en un disco fulgurante, cada vez más redondo.

– ¡Ojalá se nublara! – dice, mientras busca nubes en un cielo totalmente despejado.

El fuego lo reconforta, sabe que tiene un par de horas de presunta tranquilidad, la cosa se complica cuando la luna empieza a llegar al cenit, un par de horas antes de ese momento ya se empiezan a ver cosas raras, eso es lo que le han dicho. Él nunca ha estado en la situación de hoy, siempre buscó la manera de que no ocurriera.  Le han dicho que no hay forma de evitar lo sobrenatural. Una lechuza chista a sus espaldas, se sobresalta, piensa que es índice de mal augurio. Toma dos palos secos y los golpea entre sí con fuerza, con la intención de que el ruido haga que el pajarraco se aleje. Al rato vuelve a chistar, un poco más cerca, no dio resultado.

Intenta dormir, cree que si logra conciliar el sueño y se despierta al alba, habrá conseguido su objetivo: ¡no ver! El día fue agotador, pero el sueño no llega, nota que sólo descansan los músculos, los sentidos siguen alertas, hubiera sido bueno traer unas ramas de mburucuyá, una infusión caliente le podría haber ayudado a dormir, o a hipnotizarse, dicen que es un hipnótico. También podría haberse quedado en el pueblo, pero eso cuesta dinero y ya le queda poco de lo que produjo la cosecha de verano, acampar a la intemperie es más barato, pero no le gusta hacerlo en compañía de fantasmas.

– ¡Para morirse nada más hay que estar vivo! Eso lo he escuchado decir muchas veces, pero ¿por qué estos indios no se mueren de una vez por todas? ¡Estúpidos! Les gusta jugar con los vivos – vocifera.

No puede evitar mirar de reojo los espejos de agua, la luna ya empieza a parecer un círculo. La tranquilidad de la superficie hace que los cráteres lunares comiencen a identificarse, juntos con los valles y montañas de la superficie selenita generan claroscuros estáticos, de formas fijas, eso le gusta a Eustaquio. Por ahora va todo bien, pero sabe que no durará mucho.

La imagen de la luna se completó, el círculo plateado se refleja totalmente en el agua. Esos discos luminosos se multiplican en cada espejo. De a poco los argentos círculos comienzan a deformarse, pierden sus límites, es como que  las fotos de la topología lunar cobraran vida. Aparecen ojos, bocas, bocas que se abren, bocas que sonríen. Desde algunos espejos se escuchan cantos, conversaciones, y hasta parece que desde alguno surge alguna oración chamánica, otras caras exclaman gritos desgarradores.

– ¡La puta que lo parió! – dice Eustaquio – ¿y esto en qué va a terminar?

Las muecas se hacen más acentuadas y cada vez se escuchan más fuerte, hasta que desde cada círculo comienzan a elevarse sobre la superficie figuras que parecen cuerpos contorneándose alocadamente.

– ¡Los círculos cobraron vida! – grita Eustaquio – “O ¡movimiento!” – piensa – “¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte?”

– ¿Qué es esto? ¡Carajo! – grita asustado

Para colmo de males, se distrajo y el fuego comenzó a apagarse. Un aire frío, helado, comienza a cubrir la zona. Se escuchan gritos de pájaros que han sido despertados del descanso. La lechuza, ahora son varias, chistan insistentemente. En cada espejo hay una figura plateada que se contornea, se sumergen y vuelven a salir, siempre viboreando, son como esqueletos articulados, parecen manejados por titiriteros invisibles.

A Eustaquio se le mueven los intestinos, los retorcijones vienen acompañados de una transpiración fría que comienza a cubrirlo totalmente. De su frente bajan gruesas gotas de sudor, tirita, tiene escalofríos y le castañetean los dientes, hace el esfuerzo para controlar el movimiento intestinal, se concentra sólo en eso, cree que todo lo demás no lo va a poder controlar.

Nota que las caras cambian, son diferentes, la figura que se sumerge no es la misma que la que sale después, en el fondo de los pozos hay luces, bajo la superficie ve que son muchas los esqueletos que pelean por llegar al disco lunar, Eustaquio se da cuenta que el reflejo de la luna es la puerta por la que pueden salir a la superficie, pero ¡de a uno por vez! ese es el motivo de la disputa en las profundidades.

De a poco, al rato de cruzar la luna el cenit, la circularidad de su reflejo comienza a desdibujarse de nuevo, y junto con eso la tranquilidad va llegando lentamente, muy despacio. Cada vez son menos las disputas en las profundidades, cada vez es menor el tiempo en que cada figura queda fuera del agua, hasta que sólo se ve el intercambio de rostros en la superficie. Es como que, por turnos, varios personajes asomaran la cara por una única ventana, redonda, plateada, y en la que todos quieren mirar a través de ella. Los pájaros volvieron al silencio y las lechuzas no chistan, pero el fuego se apagó, sólo quedan algunos rescoldos. Eustaquio recupera el aliento y comienza a tomar conciencia de que la tranquilidad está llegando, corre las cenizas y junta las pocas brasas que quedan, toma leños finos e intenta reanimar el fuego, no sólo necesita la luz y el colorido de las llamas, también necesita calor, sigue sintiendo mucho frío, como hace tiempo no recuerda haber sentido.

No demora mucho en llegar el alba, los primeros reflejos del sol van alejando la oscuridad poco a poco, sin apuro. Eustaquio está entumecido, la buena leña se terminó antes de lo previsto y la última parte de la noche sólo quemó charamuscas que lo único que hacían era aumentar más la montaña de cenizas, sin dar calor. Se estira poco a poco, sabe que lo mejor es ponerse en movimiento, sigue sin haber podido descansar, era lo esperado, no se queja, logró ver el sol del día siguiente.

Caminar lo hace ir recuperando la normalidad y poco a poco su cuerpo se va relajando. De todos modos, comienza a sentir pequeñas nauseas, que se transforman en vómito. Obviamente, la noche pasada lo dejó en malas condiciones. Decide que cuando llegue al rancho le va a encender una vela a La Virgen, porque lo sacó de una situación difícil. Considera que por ahora es mejor no contar nada de lo que vio, sus hijos todavía son chicos, no lo entenderían. Su esposa es creyente, cuando vea que él enciende una vela y reza un Padrenuestro, se sentirá feliz. Si le pregunta algo, dirá que es por la bendición de las semillas que trajo. No sabe si alguno de los rostros que vio anoche es el del Chamán amigo, era mucho el miedo que tuvo como para que le quedaran ideas claras. Le han dicho que los espíritus que se ven en el Cañadón de los Espejos son sólo los de los chamanes muertos. La intensidad de la energía que desarrollaron durante su trabajo en vida los dejan encadenados a la tierra y no les permite desarraigarse y pasar al otro mundo. No son ni vivos ni muertos, son fantasmas, y Eustaquio es uno más de los que los han visto cara a cara.

Autor: Harry Biswanger

Author: Harry

Escritor / Entusiasta Informatico / Proyectos / Luthier / ... Ja Ja !!! Olvidaba algo importante: "Pescador" ... Resumen: "Creativo" !!!!!!!

14 thoughts on “LA REBELIÓN EN LOS ESPEJOS”

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