EL MENSAJE

Hace calor. Matías duerme la siesta. Joaquín está junto a él.

Sara intenta estudiar, falta poco para presentarse a dar el examen que tiene pendiente. No logra hilvanar las ideas, lo bochornoso de la jornada la perturba. Deja de leer, se refriega los ojos, … respira hondo, … extiende las piernas y levanta los brazos, los estira de a poco, … su cabeza se yergue, … y …, ¡allí está! , en la pared, …

   ¡ el mensaje !

¡ EL MENSAJE !

Sara se crió en una ciudad poco importante del interior del país. La modorra de la tarde la distrae. Recuerda que tuvo una infancia feliz, común, pero con todo lo que un niño necesita para crecer bien: un hogar. Un hogar completo: con papá y mamá, … hermanos, … abuelos, … tíos, … perros, … gatos, … pasto, … mariposas, … amigos, …, y … , trabajo, … sí, ¡trabajo!, … todos tenían trabajo. Sara recuerda que cada cual tenía cosas de las que ocuparse, se entretenían trabajando, disfrutando de la labor del día. A veces compara esas épocas con el día a día y no puede creer que hayan desaparecido cosas básicas como el “derecho a tener trabajo”, esas cosas eran tan fundamentales que en aquellas épocas no se consideraba la posibilidad de que alguna vez faltaran. Fueron épocas de grandes aprendizajes, de grandes experiencias que aún hoy aplica en la vida diaria.

Su abuela había sido Maestra rural, y nunca pudo ocultar que educar era su vida, la recuerda claramente, cuando con autoridad natural corregía sus deberes escolares. Antes que ella terminara la escuela, ya había fallecido, era una persona mayor.

Su abuelo en ese entonces también tenía sus años, pero siempre fue un individuo fuerte, aún vive allá en el campo.

Y … ¡Allí está!

¡¡¡ El mensaje !!! Colgado en la pared, impreso en hojas de computadora, ya bastante amarillentas. Es un papel salpicado de manchas depositadas por las moscas, con los vértices rajados y con zonas verdeadas por el efecto de hongos, esos habituales compañeros de las paredes de las casas antiguas.

¡¡¡ El mensaje !!!

Sara había interrumpido sus estudios cuando debió atender la salud de su hijo. Nunca consideró el abandono total de la carrera, pero tampoco pensó que fuera un proceso tan largo. Además, la incertidumbre de los médicos consultados siempre la ataban a una esperanza cercana. Cuando el siquiatra se sinceró con ellos, el enfoque de vida de cada uno empezó a cambiar. La solución no era inminente, por lo tanto, era hora de que subieran nuevamente al barco de la vida.

El siquiatra, como amigo y como profesional, les aconsejó que por el bienestar de todos, empezaran a ocuparse de cada uno de ellos. Obviamente, él sabía que podía decir eso con tranquilidad, sabía que ellos no iban a abandonar los cuidados de Joaquín para atender las aspiraciones personales de cada uno en forma egoísta, había aprendido a conocerlos muy bien.

Eso planteó una nueva situación, hubo que ir resolviéndola de a poco, fue necesario escarbar hondo dentro del yo individual y replantearse planes de futuro. Surgieron dudas que normalmente tienen los adolescentes al ir definiendo sus vidas, pero, con una diferencia: la edad. A una edad adulta, con responsabilidades familiares concretas, debieron decidir cosas casi olvidadas.

Lo lograron.

Matías, ya maestro en actividad, recordó que le gustaba mucho la literatura, y poco a poco fue recuperando ese hermoso hábito que había ido perdiendo a fuerza de no dedicar tiempo nada más que para atender las urgencias de la vida y de su profesión.

Sara, siendo fiel a la estirpe familiar de educadores, resolvió continuar sus estudios como profesora de Historia. En eso anda ahora, con grandes esfuerzos, lentamente, pero, … avanzando.

Su abuelo, hombre de campo, la estimuló mucho cuando se enteró de la idea de retornar al estudio. En aquel momento su querido abuelo le envió una carta en la que hacía referencia a una frase que había escuchado muchas veces de labios de su desaparecida esposa. A Sara le tocó hondo. La dejó sin habla, emocionada. Nunca pensó que su abuelo, un campesino poco letrado, hubiera retenido ideas tan claras en su corazón. Tomó el texto mencionado en aquella carta, lo hizo imprimir en la computadora de una amiga, y lo colgó en la pared, bien frente a sus ojos, para que fuera imposible dejar de verlo.

Y … ¡Allí está!

¡¡¡ El Mensaje !!! colgado en la pared, impreso en hojas de computadora, ya muy amarillentas.

Frase dirigida a las juventudes de otra época, pero aún vigente.

La juventud siempre se mantiene joven, y la sabiduría juvenil perdura eternamente.

Sara, en esta tarde bochornosa de verano, al levantar la cabeza lo lee una vez más y recibe un hálito de aire fresco en su ser interior. Su mente se rejuvenece. Su espíritu se regocija. Con gran entusiasmo vuelve a concentrarse en sus apuntes y … sigue estudiando, … ¡continúa con el plan trazado!

El envejecido papel de la pared dice, muy brevemente:

“Reformarse es vivir.”

Sara ha leído muchas veces esas palabras. Son las que José Enrique Rodó estampó en su obra “Motivos de Proteo”, iban dirigidas a la juventud de todas las épocas. Era uno de los libros favoritos de su abuela, murió siendo anciana, pero con mucha juventud en su actitud ante la vida.

Sara la ha leído tantas veces que recuerda la frase completa de memoria:

“Reformarse es vivir (…) Y, desde luego, nuestra transformación personal en cierto grado, ¿no es ley constante e infalible en el tiempo? (…)”.

La fuerza de la palabra escrita, su significado y el estímulo dado por sus seres queridos la recuperan … ¡una vez más!

… y … sigue estudiando,

… se esfuerza,

… y … ¡¡¡ sigue avanzando !!!

Autor: Harry Biswanger
Forma parte de la novela “Sortilegios”, ver sinopsis en el sitio.
El presente texto, dentro de la misma novela, es “compañero” del que ya publicamos en “Día de lluvia“.

SIMPLEMENTE: UN TÍTULO

Ayer estaba sentado en una plaza, esperando que se hiciera la hora de ingresar a una actividad que tenía programada. Se acerca un muchacho joven con una niña, se ubican cerca mío. El aire fresco de la mañana obligó a que ambos llevaran abrigos livianos puestos. La niña se acerca a uno de los juegos infantiles de la plaza. …

No hace falta contar más, todos hemos sido testigos de alguna situación similar a esa. En cualquier época, cualquier lugar, siempre coincide, hay niños jugando y personas observando. Sin ser muy creativo pensé ¿qué estoy haciendo? “Mirando jugar a un niño”, respondí.

Realidades simples, preguntas simples, respuestas simples. Pero, lo simple a veces no es fácil de representar.

Paralelismo inmediato. La respuesta que di a mi pregunta me trasladó en el tiempo, me llevó a principios del siglo XX, a la época del modernismo latinoamericano. Recordé a Don José Enrique Rodó, y, puntualmente, a su parábola conocida por la frase de mi propia respuesta: “Mirando jugar a un niño”. La simple percepción de un juego infantil me llevó a reconsiderar ese antiguo escrito con el que me crucé alguna vez, y fue algo notoriamente bueno, reconfortante.

En el capítulo VIII de “Motivos de Proteo”, Rodó relata la parábola. Es breve, sugiero leerla aquí.

En el capítulo IX explica su significado. La sabiduría de la reflexión obliga a que la reproduzca literalmente tal como él la planteó:

“¡Ah, si en el transcurso de la vida todos imitáramos al niño! ¡Si ante los límites que pone sucesivamente la fatalidad a nuestros propósitos, nuestras esperanzas y nuestros sueños, hiciéramos todos como él!… El ejemplo del niño dice que no debemos empeñarnos en arrancar sonidos de la copa con que nos embelesamos un día, si la naturaleza de las cosas quiere que enmudezca. Y dice luego que es necesario buscar, en derredor de donde entonces estemos, una reparadora flor; una flor que poner sobre la arena por quien el cristal se tornó mudo… No rompamos torpemente la copa contra las piedras del camino, sólo porque haya dejado de sonar. Tal vez la flor reparadora existe. Tal vez está allí cerca … ”                       

No es necesario decir algo más, el autor ya lo transmitió maravillosamente bien, ante un eventual fracaso, miremos alrededor nuestro, busquemos alternativas, seguramente existan, sólo debemos saber mirar bien, aplicando siempre una actitud positiva ante las vicisitudes de la vida.

En el siguiente sitio pueden leer toda la obra del insigne escritor uruguayo.
Sugiero ubicar el capítulo VIII, leerlo, y continuar con el capitulo IX.

La vida es una sucesión de cosas simples.

Autor: Harry Biswanger