LA LUZ

“Esta noche ¿la veré otra vez? Dentro de un rato lo sabré, ya falta poco para pasar por el muro.” Esas eran las ideas que pasaban por mi cabeza al volver del trabajo. Estos han sido días de horarios más extensos de lo habitual, no es común que yo esté volviendo a mi hogar a medianoche. Cuando esto ocurre en verano vuelvo caminando, es mucho mejor, estiro un poco los músculos, respiro aire puro, distraigo la mente, y como es una zona tranquila no tengo problemas con la seguridad; en suma, disfruto de una buena caminata. Voy a tomar el atajo del paredón, la distancia es casi la misma, pero me intriga saber si hoy veré lo mismo que las noches pasadas. Esa luz que he estado viendo no es normal, tenía forma de persona, de un niño tal vez. No quiero pensar mucho en qué pueda ser, me da escalofríos. De todos modos, la emoción por lo desconocido me entusiasma, estoy ansioso por llegar a ese punto del camino. 

Ya llegué. Al doblar esa esquina se verá el murallón. Es casi la misma hora de días pasados, veremos si hoy también hay sorpresas. No veo nada. ¡Ah, no! La luz sí está, pero cambió de lugar, está cruzando la calle, en la vereda de enfrente, no está junto al muro. Se la ve más nítida, hoy su color tiende a violáceo, ayer parecía celeste. Noto que bajé la velocidad de mis pasos y aumentó el ritmo cardíaco.  Se compensan. El miedo congela algunas cosas y acelera otras, en simultáneo. Estoy sintiendo una sensación rara, no es miedo, pero tampoco estoy tranquilo. Finalmente he quedado parado, mirando la luz con forma de persona, a veces se desdibuja un poco, emite impulsos, es como que estuviera latiendo, o como que fueran los pulmones de una persona gruesa que se inflan y desinflan rítmicamente. Si sigo caminando voy a pasar entremedio de la luz y el murallón, no me gusta. No sé por qué entiendo que esa luz pertenece al lado de atrás del murallón, si cruzo por donde voy, seguro me interponga en su “vía de escape”. Recuerdo que en el campo no aconsejan interponerse entre un animal y su guarida, siempre conviene rodearlos, para no impedir la vía de escape natural que todo ser vivo necesita. ¿Por qué dije “ser vivo”? es una simple luz. ¿Qué hay atrás del murallón? Una vez un vecino me dijo que este predio fue un lazareto, en tiempos en los que se fundó la ciudad lo ocupaban con enfermos contagiados con enfermedades raras, dicen que no se ve desde afuera, pero que es un gran edificio, y que está en actividad, con gente extraña. Por lo general, las personas que han tenido distorsiones en su desarrollo físico y tiene dificultades para convivir en sociedad en modo “normal”, lo destinan a este sitio. Las dificultades que pueden presentar esas personas por lo general son de dos categorías, pérdida de autonomía en sus funciones vitales o distorsiones estéticas. Las nuevas tecnologías han hecho aumentar las radiaciones a las que se exponen las madres durante los embarazos y eso ha generado un incremento en la cantidad de malformaciones físicas, eso genera una desviación “estética” frente a la sociedad que intentan solucionar cruelmente, aislando a los involucrados dentro de este nosocomio especializado. Los casos de “elefantismo” han aumentado muchísimo en los últimos tiempos. La modernidad no es la panacea, tiene un importante costo social. La luz se concentra en un punto pequeño, aumentando su brillo. De pronto se dispara un rayo de luz que choca contra el murallón, desapareciendo detrás de él. Ahora yo quedo sólo en la calle.  La noche, la oscuridad y ¿el silencio? ¡No! El silencio no, escucho cosas, son quejidos que vienen desde el otro lado del murallón, la piedra no logra ahogar el sonido de personas quejándose. Siento que un escalofrío recorre mi cuerpo. Poco a poco continúo la marcha, encamino los pasos hacia mi domicilio. Esa noche no logro descansar bien, me sobresalté varias veces.

Durante el desayuno recuerdo a la luz violácea. Ideas confusas inundan mi mente, no tengo certeza de nada, son sólo conjeturas, ninguna certera, sólo son “ideas locas”. Hoy es sábado y tengo el día libre, dispongo de tiempo. Recuerdo que en la biblioteca tengo un libro que compré hace tiempo, su autor es el Padre Quevedo, un especialista en manifestaciones parapsicológicas. A ese libro todavía no lo había leído, de los que tengo, es el único libro de ese autor que me falta leer. Expone temas “raros” de una manera amena, natural, con muchísimo rigor científico, aunque hay quien dice que estos temas no son científicos. Lo que sí queda claro es que el investigador aplica procedimientos serios, es obvio claro, que las conclusiones a las que llega la mayoría de las veces no reciben la aprobación de la comunidad científica, es algo bastante lógico cuando se tratan temas parapsicológicos. Es un terreno ambiguo, confuso, con más preguntas que respuestas. Me doy cuenta de que tengo cuatro libros que tratan de estos temas, los aparto y comienzo a hojearlos, releyendo sus índices. El tiempo se escapa lentamente, en medio de lecturas interesantes.

Es lunes, regreso de trabajar, no es muy tarde, el volumen de trabajo se ha ido normalizando y, si bien hice una jornada extensa, no fue demasiado. Una vez más vuelvo caminando. “Esta noche ¿la veré otra vez?”, pienso mientras camino. Pero ahora, mientras camino, voy recordando elementos que leí durante el fin de semana. Cosas sumamente interesantes. A modo de resumen, lo que entendí es que hay parapsicólogos modernos que opinan que hay situaciones en las que los cuerpos físicos de ciertos individuos disparan manifestaciones energéticas que se pueden presentar de varias maneras, a través de luces, de movimientos de objetos, de sonidos, de humo o neblinas, esos son algunos ejemplos. El origen de esas manifestaciones es que el impedimento físico que padecen los involucrados, generan grandes acumulaciones de energía vital que en algún momento se manifiestan con intensidad. “¿Será eso lo que genera esas visiones lumínicas que he visto estos días?” No lo sé, pero … si hay investigadores que dedican su vida a estudiar estos temas y no han alcanzado respuestas definitivas ¿Qué respuestas podré lograr yo? Simplemente son experiencias de vida que se experimentan y a las que no siempre se les encuentra una explicación. Estoy ansioso “Esta noche ¿la veré otra vez? ¿Qué será?”.

DÍA DE LLUVIA-cuento

NOTA: En este momento llueve mucho sobre la ciudad de Montevideo, recordé este cuento y … lo publico aquí. Espero les guste.


La mañana arrancó lluviosa.

Hacía rato que Matías estaba despierto, no se había querido levantar para no despertar a Sara.

Su mente está en pleno viaje, muy lejos de la cama.

La música de la lluvia estimula la imaginación. Recuerda lejanos momentos junto a la costa del río, un río grande como un mar, y Matías, como buen maestro, lo relaciona con el “Paraná Guazú”.

Su juventud fue libre, muy en contacto con el entorno marítimo.

Disfrutaba de la rambla con un goce tan profundo que le dejaron sensaciones que aún hoy parece estarlas viviendo nuevamente.

La rambla, costanera, malecón, o cómo quieran llamarle ¡qué hermosa es!

Recuerda la playa, ese lugar tan abierto, tan acogedor, tan sobrecogedor a veces. Lugar donde la rispidez de la arena le dañaba los talones de tanto correr tras las gaviotas, chorlitos y algunas palomas. Otras veces era por perseguir cangrejos entre las rocas. Ese malestar era pasajero, el remedio estaba al alcance de un par de zancadas, la suavidad del agua aliviaba rápidamente las molestias generadas por tan intensa descarga de energía.

Las rocas, el viento, el agua, … el cielo, … ¡qué maravillosa combinación de elementos!

El viento, al castigar con el agua las rocas de la costa, levanta una llovizna de agua salada que iba quedando en sus labios, … por poco tiempo, … enseguida desaparecía, enjuagada por el agua dulce de la llovizna que venía desde el ceniciento cielo.

Le divertía mirar a las gaviotas. Se guarecía tras el murallón o entre algunas rocas, y disfrutaba viéndolas perder el equilibrio al luchar contra la fuerza del viento, iban para un lado y para otro, el control lo tenía Eolo, no ellas. Cuando salía de su guarida, era él el que perdía el equilibrio al enfrentar al ventarrón. A veces el viento le favorecía, era cuando lo empujaba, pero había veces que lo tenía de frente ¡ahí sí que se ponía difícil! sobre todo si era al regresar de sus travesías dirigiéndose a la casa. Al salir del nivel del mar siempre hay  subidas que repechar, y en esos casos, si el viento estaba soplando de tierra ¡cómo costaba desandar la bajada! gastaba más energía que si hubiera corrido varias veces la playa por la arena floja de un extremo al otro.

Siguen los recuerdos … La Farola, … ¡La escollera!, … ¡Oh!, ¡la escollera! …


¡Escollera!, ¡escollera!,

Una suave música surgió en su mente.

Música escrita en palabras:

Escollera, escollera, escollera de mi río … donde te…

¡¡¡No aguantó más!!! … Necesitaba ¡escribir! esa “música”.

Juntó tranquilidad y se levantó sigilosamente, intentando no hacer ruido. No se vistió en el cuarto, tomó la ropa y salió. Se vistió en el baño.

Ni se lavó la cara, fue y se hundió en el sillón de Joaquín, con lápiz y papel en mano … ¡con la música en la mente!

El papel aceptó el sacrificio de dejarse arañar por el grafo. La música empezó a tomar forma.

Escollera,
escollera,
escollera de mi río
donde te enfrentas al frío,
al agua … ¿?

Cuando el flujo de inspiración se detenía Matías miraba a través de la ventana, veía la lluvia y su sonido lo volvía a poner en consonancia con las ideas anteriores.

Al cabo de un rato quedó finalizada la pieza léxico-musical.

Tan abstraído estaba Matías en la composición, que no podría decir cuánto tiempo (de reloj) transcurrió en ese estado.

Concretamente, el hecho es que la pieza quedó finalizada, la emoción quedó plasmada en el papel.

Una pieza musical, escrita para ser ejecutada desde el corazón, con el instrumento más natural que existe: la voz.

Leyó, releyó, corrigió varias veces, hasta que quedó así:

Escollera,
escollera,
escollera de mi río
donde te enfrentas al frío,
al agua
y a la tormenta.
Donde cada día de invierno,
de verano
o primavera
suena el silbido del ave
anunciando la existencia:
del agua, con su riqueza;
del hombre, con su viveza
tratando, con artimaña,
de sacar alguna pieza,
porque le gusta,
o precisa
para llevarla a la mesa.

… La lluvia continúa.

La volvió a leer.

La criticó. Se acordó que le enseñaron a analizar la métrica, la rima, consonancia … disonancia … ¡qué sé yo! … ya ni se acuerda.

Cambió la óptica.

La volvió a leer. La leyó con el corazón, con su sentimiento.

¡Quedó conforme!

Lo que escribió expresa, más o menos, lo que está sintiendo esa mañana. De última, él no quería escribir una obra de arte. En ningún momento buscó alcanzar valores literarios significativos. Simplemente quiso expresar su sentimiento a través del lenguaje, sólo eso, y en ese sentido: quedó conforme.

… La lluvia continúa, … la vida también.

Hoy, a Matías le vinieron ganas de comer pescado, y … ¿por qué no?


Autor: Harry Biswanger
Forma parte de la novela “Sortilegios”, ver sinopsis en el sitio.

CAMBIO DE IDEA

― ¡Al fin llegó! – dice Joaquín

Está preparando los artículos de pesca, uno a uno. Hace casi un año que espera con ansiedad este momento. ¡Llegaron las vacaciones! El equipo de pesca siempre es lo primero que prepara. Recién después se encarga de la lista de comestibles, y, como por casualidad, en ese momento también se le suma la necesidad de añadir alguna cosita de pesca más.

Intenta repasar mentalmente la lista de lo que necesita: tanza, hilo elástico para sujetar la carnada, curricas, cuchillito y tabla para cortar carnada, cuchillo para faenar las posibles piezas que cobre, las cañas y sus respectivos reeles, trapo para limpiarse las manos, juego de destornilladores y pinzas pequeñas por si fuera necesario ajustar algún reel, cortaúñas para cortar nylon, la famosa “cinta del pato” útil para un sinfín de situaciones, igual que “La Gotita”, etc., etc. Todo perfectamente ubicado dentro de una especializada Caja de Pesca.

El cuchillo de faena merece algún comentario aparte. Es grande, contenido en una funda resistente, con ojalillos para colgar del cinturón. Se lo hizo traer directamente de Estados Unidos. Es fuerte, con muy buen filo, el canto contrario al filo tiene dientes, formando una sierra poco afilada, es para quitar escamas, la punta es muy aguda, a modo de un estilete curvo. En suma, ese cuchillo mete miedo, se parece a un cuchillo de combate. En su equipo, podrán faltar anzuelos, pero no puede faltar ese impresionante cuchillo, eso sí, la mayoría de los años vuelve de las vacaciones sin haberlo usado, por lo general le faltan elementos sobre los cuales aplicar sus enormes prestaciones.              

La lista de comestibles es cada vez más sencilla, en esta época, si olvida algo no le genera problemas, hay supermercados en todas partes. Antes era diferente, convenía llevarse la mayor cantidad de insumos que fuera posible, había lugares en los que era difícil conseguir provisiones. Los artículos perecederos, obviamente, sí se compran localmente, para que no se estropeen.

Con la ropa pasa algo parecido, pero, como es verano, se llevan prendas livianas, ocupan poco lugar. Siempre es necesario llevar algún abrigo, a veces en las noches baja mucho la temperatura. Y no puede faltar una capa liviana para lluvia, aunque sea de esas chiquitas, plegables, descartables, seguro pueden hacerte salvar de algún chaparrón que se equivocó de época. Hay veces en que algunas nubes vienen a pasear a la costa del mismo modo que lo hacemos nosotros.

Llevar el coche a revisión técnica siempre es una sana costumbre, es sano viajar con la seguridad de que el vehículo está en buenas condiciones para enfrentar trayectos largos. No hay que olvidar que viajar en carretera presenta riesgos.

Siempre deja para último momento comprar los elementos para el primer asado de la temporada. Ya es tradición familiar, es el asado más anhelado del año. No pueden faltar las mollejas, y la clásica colita de cuadril, la más chiquita que encuentre, eso es garantía de que va a ser tierna. Chorizos no lleva, eso sí lo prefiere comprar localmente, por lo general siempre hay alguna variedad de chorizo casero, le gusta experimentar con eso. Al finalizar las vacaciones del año pasado ya coordinó con su esposa que iban a hacer las cosas diferente, acordaron que el famoso “asadito” no lo iban a hacer la noche del día de llegada, ese “asadito” sería el almuerzo del siguiente día, ese sería el primer asadito de las vacaciones. La convenció argumentando que hacerlo la primera noche significada disfrutarlo poco, debido al cansancio del viaje, disfrutarlo al día siguiente iba a ser más gratificante. La verdad era otra, en realidad, él, la primera actividad que quería tener al llegar al balneario era: ir a pescar. Durante todo el período laboral, cada tanto tiempo sacaba el tema, le recordaba a su esposa que la actividad de la primera noche de vacaciones iba a ser: ir a pescar.

La jugada le salió bien, inclusive la esposa enfatizaba lo de la buena idea que habían tenido al decidir eso, y lo decía a título personal, se había autoconvencido de que ella había sido partícipe en esa toma de decisión. Interiormente él disfrutaba del buen logro obtenido con la práctica aplicada. La cosa estaba clarísima, apenas se instalaran, él se habría de dedicar a la primer jornada de pesca de la temporada. Y lo consiguió sin discusión alguna, todo acordado dentro de la más grande de las “negociaciones pacíficas” que puede darse en una organización civilizada como lo es el ámbito familiar. Tiene la total convicción de que esta noche va a cumplir el anhelo de lograr aplicar la famosa ecuación de:
(“Primer día de vacaciones” = “Primera jornada de pesca”).
Nada le podrá impedir lograr la igualdad de la ecuación.

El viaje es largo, pero, con la ansiedad del próximo disfrute, les estaba resultando corto. Como siempre, al llegar a la zona de las serranías, aparecieron nubes en el horizonte.

― Siempre hay nubes que parecen de tormenta al pasar por esta zona – dijo su esposa.

― Sí, tienes razón, siempre pasa lo mismo – respondió él – pero es sólo acá, después se despeja – complementó, mientras seguía concentrado en la conducción.

Los niños cantaban divertidos en el asiento de atrás, tranquilos, sin generar situaciones que exigieran la intervención de ninguno de los padres, finalmente se durmieron, el clásico ronroneo del motor nunca falla, siempre activa las endorfinas infantiles y se dispara su función soporífera. Los kilómetros siguen siendo superados poco a poco.

― Ya falta poco – dice ella

Él no responde. Ella queda un rato callada.

― ¿Te pasa algo? – pregunta

―No, no. ¿Viste eso? – responde él

― ¿Ver qué?

― ¿No fue un relámpago? – pregunta él

― No me di cuenta – responde ella

El trayecto continúa, pero él sigue intranquilo, maneja con su atención muy concentrada en el horizonte.

― ¡Sí! ¡Hay relámpagos! ¿los viste? – exclama

― Sí, ahora sí los vi. ¡Qué lástima! – dice ella – Vas a tener que ir a pescar con lluvia – continúa

― ¡No! No. No voy a ir – dice él

― ¿Cómo que no vas a ir a pescar? Ya has ido a pescar lloviendo muchas veces, ya conoces el lugar. ¡Tienes todo! – insiste ella – Inclusive trajiste equipo de lluvia.          

― ¡No! No. Esta vez no voy a ir.

― ¿Estás seguro? Bueno, esperemos a llegar a ver si sigues pensando lo mismo.

― ¡No! No. No voy a ir – repite él

El viaje transcurre dentro de similares condiciones, con la diferencia de que comienza a caer una llovizna, que, de a poco, se transforma en lluvia débil.

Al final, llegan con los niños dormidos, lo primero que hacen es preparar las camas para acostarlos. Se mantienen tranquilos, los acuestan y continúan durmiendo. El matrimonio mira por la ventana, como sin saber qué hacer, es común que pase eso cuando recién se corta con la vorágine de la actividad del año laboral.

― Llueve poco – dice ella

― Sí, pero los relámpagos son cada vez más intensos, y los truenos suenan fuerte.

― Pero, llueve poco y no hay viento – dice ella – ¿Por qué no vas a pescar? Has ido con lluvias más fuertes y hasta con ventarrones espantosos, una vez casi no podías caminar en contra del viento. Siempre dices que cuando llueve, los peces comen más fácil. Tenías muchas ganas de ir a pescar en tu primera noche de vacaciones. ¿Por qué no vas?

― ¡No! ¡No! ¡Ya te dije que no voy a ir a pescar! – responde Joaquín, levantando un poco la voz

― No entiendo, los niños están tranquilos, no tienes nada que hacer y, ya has ido en peores condiciones. ¿Por qué te encaprichaste en no ir a pescar? ¡Con tantas ganas que tenías de ir! ¡No entiendo!

― ¡No es capricho! – grita él, enojado, más con la situación que con su esposa

― Pues, lo parece – dice ella

― ¡No! ¡No es capricho! – dice él – y no es que haya perdido las ganas de ir a pescar – continúa

― ¿Y entonces?

― ¡Cómo que entonces! ¿no sabes que todas las cañas de pesca que traje son de fibra de carbono? ¡No traje ninguna de las cañas comunes! ¡Por eso no voy! ¡Por la fibra de carbono, no voy! ¡Por la fibra de carbono me pierdo la pesca de mi primer día de vacaciones! – grita, golpeando la mesa.

Autor: Harry Biswanger

BUENOS AUGURIOS !!!

FELIZ NAVIDAD !!!

El siguiente texto no es mío, me llegó a través de las redes sociales, asumo que es anónimo. Si el autor lo desea, puede identificarse a través de los Comentarios del sitio, GARANTIZO que mencionaré su autoría. Me gustó sobremanera, y estoy seguro que es una reflexión que a más de una persona le resultará útil.

TEXTO RECIBIDO:

Un hombre entró en un local y vio a un señor en el mostrador. Maravillado con la belleza del lugar, preguntó:

-Señor, que se vende aquí…???

-Los dones de Dios. Le respondió el señor.

-Cuánto cuestan? volvió a preguntar

-No cuestan nada…!!! Aquí todo es gratis…!!!

El hombre contempló el local y vio que habían jarros de amor, frascos de fe, paquetes de esperanza, cajitas de salvación, mucha sabiduría, fardos de perdón, paquetes grandes de paz y muchos otros dones.

El hombre, maravillado con todo aquello, pidió:

-Por favor, quiero el mayor jarro de amor, todos los jarros de perdón y un frasco grande de fe, para mí, mis amigos y familia.

Entonces, el señor preparó todo y le entregó un pequeño paquetito que cabía en la palma de su mano.

Incrédulo, el hombre dijo:

-Pero, cómo puede estar aquí todo lo que pedí…???

Sonriendo, el señor le respondió:

-En el Local de Dios no vendemos frutos! Sólo semillas…!!! Plántelas…!!!

🌿🍊 Sembrar, es el mensaje de ahora en adelante 🍊🌿🍃

Dependiendo de tu siembra será tu cosecha…

…infinitas Bendiciones 😇🙏😘🙋

Nota:

Acabo de sembrar las semillas; te toca a ti continuar la siembra.

LA BENDICIÓN DE LOKI

Hace unos días Loki terminó de construir su refugio. Es una construcción sencilla, sólo debe soportar los pocos meses del verano, sabe que con la llegada del invierno deberá volver a la aldea.

Le gusta sentarse a mirar el mar, la energía contenida del océano le activa la sensibilidad interior y a él en particular, eso lo acerca a los espíritus animados de las cosas, las creencias espirituales son fundamentales para su existencia, ser sacerdote tribal es importante, y debe mantener entrenadas sus aptitudes sensoriales.

Es un día diáfano, de cielo limpio y despejado, sólo las gaviotas surcan los aires.

Entrecierra los ojos e intenta leer su psiquis interior, debe concentrarse en captar lo que no se percibe a simple vista, esa técnica la aprendió de pequeño, cuando los ancianos de la tribu probaban niño a niño, buscando identificar a quienes veían más allá de lo evidente. Él fue uno de los seleccionados, y es el único que logró desarrollar esas habilidades por fuera de lo normal, transformándolo en el chamán más reconocido de la comarca. Hoy intuye algo especial, se siente más sensible de lo habitual, su intuición indica que habrá de ser un día que habrá de recordar. A través de los párpados capta una columna de luz a la distancia. Abre los ojos lentamente y ve una pequeña nube suspendida sobre el agua en medio de la bahía. Le resulta extraño, según lo que percibió al despuntar el día, todo indicaba que iba a tratarse de un hermoso día de sol. ¿Cómo es que ahora hay nubes en un día radiante?

Curioso, se yergue y camina hasta la playa, intentando no perder el estado hipersensorial en el que ha ingresado. Camina con los brazos semi extendidos hacia adelante, con la palma de las manos mirando al cielo, da pasos cortos, lentos, manteniendo concentrada su atención en la misteriosa nube.

Desde lejos parecía que la nube estaba dejando caer una columna de lluvia, pero de cerca se asemeja más a un tubo vertical que a un chaparrón. La nube se ha ido acercando a la orilla, está a pocos pasos de Loki, emite un suave zumbido. El interior del tubo parece contener agua, que, intermitentemente, de a ratos se eleva y en otros momentos desciende. Cierta atracción se apodera del chamán, obligándolo a acercarse. Camina unos pocos pasos dentro del agua del océano y queda junto a “eso”, que no sabe explicar. Hace un momento el agua que circula en el interior del tubo subía, ahora ha quedado quieta, y Loki nota que se comienza a mover en sentido descendente. Se produce un fuerte impulso que lo jala violentamente al interior del tubo, ahora Loki se encuentra debajo de la nube, y siente como que el piso lo engulle, haciéndolo descender sin poder evitarlo. Loki entra en un espacio totalmente escuro, lo rodea una profunda noche sin luna ni estrellas, su visión dejó de percibir luz, es como que está metido dentro de una profunda caverna, algo lo jala hacia abajo. De pronto todo se ilumina, y percibe la playa con claridad, pero … nota que los acantilados con más agrestes que antes, y ha desaparecido su refugio, no lo ve. A lo lejos nota que desde los cerros suben columnas humeantes, se asemejan a ciertas fumarolas que Loki ha visto en algunos países del norte en los que alguna vez estuvo. En la playa ve algunos pájaros gigantes, de picos largos y dentados, se pelean entre ellos, son más grandes que un caballo, se parecen a los esqueletos de dinosaurios que vio cerca de las montañas sagradas, pero … aquí los ve volando. Da un paso hacia adelante, queriendo salir del tubo que lo contiene y … no puede, choca contra una fuerza que no le permite avanzar, se siente encerrado. Gira y mira hacia al mar, un pelícano gigante cruza el cielo, se zambulle y sale del agua con un pez de más de dos metros de largo. Loki queda estupefacto, no entiende nada.

De pronto, el agua que está contenida en el tubo comienza a cambiar de sentido, su descenso se desacelera y comienza a subir, en determinado momento, cuando adquiere una velocidad similar a la que tenía cuando Locki entró al tubo, todo se oscurece de nuevo, vuelve a sentirse como dentro de una caverna totalmente oscura. Al rato vuelve a ver la playa, y su refugio. Todo parece haber vuelto a la normalidad, inclusive ve que la pared del tubo no es rígida, y sale de él.

Camina hasta la playa, el día sigue espléndido, las gaviotas planean con total tranquilidad. Piensa en lo que acaba de ver, aves gigantes, con picos de dientes aserrados, pescando peces enormes. Nunca había visto algo así. Ver su refugio lo tranquiliza, se siente en casa. ¿Dónde estuvo hace un rato? El paisaje que ve ahora es similar al que vio antes, pero aquello era árido, la agresividad del ambiente se captaba con facilidad, las fumarolas de los cerros indicaban fuerte actividad volcánica.

La nube permanece en el mismo lugar, como esperándolo. Loki la mira y aflora en él ese deseo de conocimiento que siempre lo motivaba a investigar cosas nuevas, los ancianos le dijeron que ese era un aspecto fundamental de su sensibilidad extrasensorial. Vuelve a meterse en el agua y se acerca al tubo. Su espíritu inquieto lo impulsa a colocarse otra vez bajo la nube, lo piensa un poco, Se le ocurre hacer algo diferente, va a meterse cuando el agua esté subiendo, a diferencia de cuándo lo hizo antes.  Espera el momento oportuno e ingresa voluntariamente dentro del tubo. Se repite la situación anterior, le parece viajar dentro de una caverna totalmente oscura, hasta que retorna la luminosidad. Mira hacia la playa y busca el refugio, no lo ve, en el lugar en el que debería estar ve un edificio enorme, de muchos pisos, muy colorido y con muchas ventanas acristaladas. Toda la ladera de los cerros está cubierta de edificios similares al que ocupó su refugio. Hay caminos anchos sobre los que circulan elementos similares a los carros que él conoce, pero que avanzan sin ser cinchados por caballos, avanzan con autonomía. Intenta salir y una vez más nota que las paredes exteriores del tubo son rígidas, hay una fuerza que no permite atravesarla. Mira hacia el medio de la bahía y la ve llena de barcos de todos los tamaños, muy coloridos, y no son de madera, los nota rígidos, firmes, el sol los hace brillar casi con violencia. Uno de ellos despliega una vela e, impulsado por el viento, se adentra mar adentro. Entre unas rocas, Loki ve a una persona con una caña larga, sostiene un sedal al que le sujeta algo pequeño. El chamán nota que allí hay algo útil, nota que hay algo que tiene fuerza mágica, mira con detenimiento y ve que se trata de un pequeño trozo de metal doblado, con un extremo con punta afilada y un ojal en el otro, por el que atan el sedal.  Pinchan un trozo de carne en él y lo tiran al agua, esperan unos minutos y ve que lo extraen haciendo fuerza, ve que en el extremo puntiagudo ha quedado prendido un pez de gran tamaño. El agua contenida en el tubo comienza a detenerse y de a poco vuelve a moverse en sentido descendente, hasta que Loki vuelve a sentirse dentro de la caverna oscura. Cuando se detiene, a través del tubo ve nuevamente su refugio, Loki considera que es momento de volver a la playa.

Quedó pensativo, reflexiona sobre las experiencias vividas, no entiende mucho. Vuelve a surgir la pregunta ¿Dónde ha estado? Mira las rocas en las que recuerda al hombre con el sedal en la mano, extrayendo peces del agua.

Sube a su refugio, el sol a empezado a agredir su piel, la mañana transcurrió rápido y ya casi es mediodía. De un botijo de barro cocido bebe un poco de agua. Mira el mar, mira las rocas, la playa, la ladera del cerro, la inmensa y vacía bahía, mira la cresta de los cerros a la distancia, sin fumarolas.

¿Dónde he estado? – se pregunta, reflexivo.

Mira la cumbre de los cerros y recuerda las fumarolas que vio en el primer viaje que hizo. Mira la superficie del mar y recuerda la inmensidad de naves multicolores que vio. Sigue reflexivo. Mira las rocas en las que vio pescar al hombre y dice:

¿Dónde he estado? – se repite, hace silencio y continúa con la siguiente pregunta – ¿Dónde? … ¿o cuándo?

Durante el siguiente invierno, recordó estas experiencias, y trabajó en las clásicas artesanías que sirven para entretenerse durante los días inhóspítos.

En el verano bajó a la playa y construyó un nuevo refugio. Tomó un sedal largo, le ató uno de los elementos que construyó durante el invierno y se dirigió a las rocas que están junto al mar. Unió los elementos, colocó un trozo de carne en la punta de la artesanía afilada, revoleó el conjunto y lo tiró al mar, al rato, sacó un gran pez del agua, cinchándolo con el sedal. Convocó a los ancianos de la tribu y les mostró el “invento”. Lo felicitaron, pero no aceptó el halago, les explicó que los espíritus inanimados lo habían hecho viajar en el tiempo y le mostraron cómo hacerlo. Los ancianos guardaron respetuoso silencio.

Autor: Harry Biswanger (Noviembre 2019)

Cuento de ficción temporal

MUNDO DINÁMICO

Cuento Fantástico

No hace tanto tiempo que llegué a Flexilandia. Es un país dinámico, donde todo cambia cada día. Nada mantiene su forma, su resistencia o color. ¡Es maravilloso! Cada día, cuando uno despierta, todo es una gran incertidumbre, todo amanecer es diferente. A veces el sol tiene forma de media luna, a veces es cuadrado, en ocasiones tiene color azul, verde esmeralda, rojo, o, inclusive lo he llegado a ver de color negro, ese día tuve la impresión de vivir en medio de una gran nube de tormenta todo el larguísimo día, parecía no terminar nunca, quería que el día terminara para que volviera la claridad ansiosamente.

Cuando llegué a visitar a mi tía, vine con un traje azul marino, resistente, de excelente calidad, hoy, dado que es la fiesta de graduación de mi prima, me gustaría usarlo. Recuerdo que sorprendió la elegancia con la que llegué, ellos no están acostumbrados a eso.

Seguiré hablando un poco de lo difícil que fue adaptarme a vivir en este país. Es increíble la sensación que transmite la sorpresa de encontrarte a la hora del desayuno con que el tenedor tiene las puntas terminadas en pequeñas superficies planas, asemejándose a pequeñísimas espátulas con cierta depresión en el centro, imagínense intentar pinchar las tostadas con un artefacto que dejó de tener puntas para pasar a tener pequeñísimas cucharitas en los extremos. Sorpresa enorme me llevé el día en que, por más que intentaba cortar una rodaja de pan, no lo podía hacer, finalmente me di cuenta de cuál era el motivo, el filo había amanecido del lado de arriba de la hoja metálica. Desde ese día me di cuenta que con el cuchillo hay que tener cuidado, como cada día tiene el filo en diferente lugar, nunca conviene apoyar el dedo sobre la parte de arriba, nos podría lastimar la yema del dedo. Un día debí tomar el café con leche dentro una pequeña sartén. ¿Motivo? Todas las tazas se habían achatado, se habían transformado en platos, habían perdido si concavidad interior, no tenían dónde almacenar líquidos. Al día siguiente habían recobrado su forma tradicional y desayuné al modo tradicional, sin sorpresas.

Con la ropa pasa lo mismo, cada día tiene un color diferente, y se estiran las mangas, se ensanchan los ojales dejando de retener los botones, las solapas del cuello cambian de lugar, es común que ocupen el lugar de los bolsillos de las camisas o se fijen en los codos, y a veces los botones están todos alineados verticalmente en la espalda, haciendo imposible juntarlos con los ojales que seguramente hayan quedado en su sitio habitual. Parte de la ropa que vestía cuando llegué se ha adaptado a las características de acá. Por ejemplo, las medias, cada día tienen diferente color, y a veces hasta han aparecido con la boca cerrada, siendo imposible meter el pie dentro de ellas, ese día las debí cortar con unas tijeras. La tela del traje azul marino con el que llegué ha mantenido su color, pero no la forma. En cambio, el hilo con que está cocido ha mantenido su resistencia, pero no el color, tuvieron reacciones contrarias, y eso generó que muchas veces, la flexibilidad de la tela en contraposición con la rigidez del hilo haya generado múltiples roturas.

Conviene tener varios pares de zapatos, de otro modo, es muy probable que debas quedarte descalzo. Que cambien de color no es un problema, pero, cuando cambian de forma, es posible que no logres que el pie ocupe su lugar, una vez los encontré con forma de frankfruter, alargados, angostos, imposible que el pie pasara por un orificio tan angosto. Ese día debí estar todo el día de chancletas, al siguiente amanecer, los zapatos tenían la forma habitual, sólo que con un color que nunca habían tenido.

La estética es algo que desapareció en la cultura de los habitantes de Flexilandia, las formas, colores y texturas en general, son una permanente sorpresa totalmente incontrolable. Asumen que la combinación voluntaria de esos elementos es algo imposible, cada día comienza con una sorpresa diferente, el universo de combinaciones parece infinito.

Mi tía acaba de pedirme que me pruebe el traje para la fiesta de hoy de noche, es el que llevaba cuando llegué, el traje azul marino que ella ya me ha recocido varias veces. Me pidió que, si era necesario zurcirlo una vez más, le avisara con tiempo.

Lo bueno que tiene este país es que todo cambia, no existe rutina ni estética fija. ¡Toda combinación queda bien!

Moraleja: Si algo no es controlable, hay que adaptarse a ello.

Autor: Harry Biswanger

CÓCTEL DE LOCOS

Cuento: “Cóctel de Locos

     Siempre me siento atraído por la gastronomía chilena. En la ciudad de Santiago han desarrollado una muy alta profesionalidad de servicio, dándole las máximas atenciones al cliente de tal modo  que en ningún momento éste se siente incómodo. Es el caso del restaurante “Le Due Torri”, de origen italiano (sus dueños nacieron en la ciudad de Bologna),  hoy son especialistas en mariscos y comidas típicas del país. La calidad de sus pastas es insuperable, máxime cuando la combinan con la excelencia de los mariscos extraídos de las congeladas aguas del Océano Pacífico, que bañan las costas chilenas. Ese es el sitio en el que hemos decidido tener la cena de camaradería de la noche de hoy. Estoy ansioso, no veo la hora de que llegue el momento. Los recuerdos se agolpan en mi mente. Es que, un lugar como ese, tan especial, impacta fuertemente en la memoria de las personas.

     Decido  llegar temprano, quiero disfrutar del entorno, por ese motivo pido que no me vayan a buscar al hotel, iré por cuenta mía. Una vez más me han hecho reservaciones en el hotel Attón. Tanto el hotel como el restaurante, están ubicados en el barrio de Vitacura, supongo que no deben de estar muy lejos. Ya conozco la zona, he estado en anteriores oportunidades, es una excusa perfecta para pasear libremente  por una ciudad tan acogedora y segura. Antes de salir del hotel busco referencias en internet, no hay forma de perderse. El creer saber es muy peligroso, tanto el hotel como el restaurante están cerca de la avenida que identifica a la zona, Vitacura, pero con un detalle nada menor, ambos están donde comienza la avenida, pero … en extremos opuestos. Me siento identificado con la filosofía de Sócrates. Pido un taxi, es lo más inteligente.

     Al llegar veo el muro bajito, que delimita el primer sector donde antes colocaban mesas,  ahora es donde los clientes salen a fumar. Luego, enseguida viene el elegante recibidor, siempre custodiado por personal ataviado en forma muy distinguida. Allí ya comienza una galería con mesas dobles, y más adelante se abren los espaciosos salones interiores. En la zona central se identifican los accesos a la cocina y servicios generales. Me hacen la pregunta de rigor: “¿Si tengo reservación?”. Respondo afirmativamente y menciono el nombre de la compañía para la que trabajo. Me conducen al sitio previsto, al fondo, a la izquierda, inmediatamente antes de otro sector de mesas separadas por un biombo bajo, de madera labrada, entretejido con cuerdas náuticas, muy bonito. Obviamente, soy el primero en llegar. De inmediato me preguntan si deseo solicitar algo y, pido algo que sé que habrá de ser de mi agrado: un “Pisco Sour”, un clásico chileno.

     Miro el entorno y recuerdo las veces anteriores que he estado en el lugar y empiezo a  recordar los menúes que degusté. Tengo buena memoria para las cuestiones culinarias, me doy cuenta que recuerdo hasta lo que pidieron mis compañeros de mesa. Atrás del mesero que trae mi aperitivo veo que llega otro de los invitados, y me animo a hacer un comentario:

  • ¡Hola Ricardo! A qué sé lo que vas a pedir para acompañarme con el Pisco Sour
  • Pero ¡por supuesto! Tú ya me conoces, sabes cuales son mis preferencias.
  • ¡Correcto! Tráigale un Amaretto Sour a mi amigo, por favor.

     Saludo va, saludo viene, y la conversación comienza distendida, sin apuro.

  • ¿Así que ese era el biombo que separaba la intimidad de la parejita feliz? – pregunto
  • ¡Ah, sí, claro! Ese es el famosísimo biombo.

     Es como que mi mente se decide a trabajar en multitasking, se divide, y mientras converso con el amigo, también recuerdo cosas que en algún momento ese mismo amigo me ha contado.  Éste es un restaurante muy visitado por personalidades del jet set y de la política. Es común ver ubicados en las mesas a personas importantes de la sociedad, y tal vez a personas muy mediáticas. Es el caso de lo que está en mis recuerdos. “¡Era La Boloco!”, me contó. La chica mediática era extremadamente bonita, fue miss Chile, de profesión modelo y conductora de televisión, y con una elegancia fuera de lo común, alta, exuberante, joven, hermosísima. Se contaba que había viajado mucho a la ciudad de Buenos Aires, se decía que era por cuestiones laborales. Mi amigo me contó que, cuando él fue testigo del hecho, frente a ella, se encontraba un hombre vestido en extremo elegante, al que no le pudo ver el rostro. De cabello negro, bien peinado, de traje oscuro con rayas verticales claras. Parecía de baja estatura, no muy corpulento, y, cuando la belleza de la joven mujer distrajo la atención de mi amigo, se dio cuenta que las mesas que rodeaban a la que ocupaba la pareja, estaban todas ocupadas por hombres. Todos trajeados, corpulentos, y que no miraban sus platos, permanentemente miraban el entorno, y uno de ellos, con cara de malo, cruzó la mirada con la de mi amigo, obligándolo a mantener una discreción que se dio cuenta le estaban exigiendo a gritos, so pena de ¡andá a saber qué consecuencias podría llegar a tener! “¡Era Carlos Menem!”, me contó. “¡Ese era el hombre que estaba con La Boloco, atrás del biombo de maderas labrada, entretejido con cuerdas náuticas.”, me dijo.

     Llegaron los demás invitados y seleccionamos el menú, fue variado. Entradas de “Champignones al ajillo”, “Machas a la parmesana”, “Caldereta de mariscos”, “Consomé de Jaivas”, y … “¡Locos!”.

  • Disculpe señor – le dijo mi amigo al mesero – Locos tiene ¿verdad?
  • ¡Ehhhhhh! No tengo seguridad, el clima ha sido inhóspito últimamente ¡Déjeme averiguar y le confirmo!

     “Locos” es el nombre que le dan a un caracol oceánico que sólo se puede recoger en determinada época del año, es extremadamente codiciado gastronómicamente, y mi amigo sabe que soy fanático de ellos. Siempre hago el chiste de que, cada vez que voy de viaje a Chile, al regresar a mi país, siempre dejo un Chile más tranquilo, porque dejo muchos “Locos menos que los que habían cuando llegué”. Es un caracol duro, fibroso, si no se lo sabe preparar puede ser difícil de comer. El método tradicional de proceso es el siguiente: “golpearlos”, para romper sus fibras. Los colocan dentro de cámaras de auto y las golpean contra las rocas o el pavimento, de ese modo los ablandan, quedando listos para cocinar.

  • Sí, Señor, tenemos. ¿cómo los prefiere?
  • ¡Locomayo! – Respondo rápidamente, expresando la idea de que los deseo hervidos al natural acompañados de una mayonesa de oliva.

     Es infaltable el vino en una mesa chilena, yo elegí un Chardonay, otros compañeros prefirieron el clásico Carmenére chileno, que va bien con todo. La mayoría de los platos principales se basaron en pescados y mariscos. “Salmón Grillé”, “Congrio rebozado”, “Tilapia a la plancha” y … ¡Nunca falta un uruguayo pidiendo carne de res!

     Los postres ¡indescriptibles!

     El café ¡espectacular! Acompañado de pequeños bombones de chocolates y mentas.

     Al salir, el frío se había hecho intenso, cortaba la cara. Miro los estacionamientos y busco la ferrari o la limosina blanca en la que me dijeron viajaba la parejita de incógnito. No veo nada especial, sólo el frío que corta la cara.

     Enrosco la bufanda alrededor de mi cuello. Santiago de Chile es la única capital de América ¡en la que he tenido que usar bufanda!

Autor: Harry Biswanger

LA REBELIÓN EN LOS ESPEJOS

Título: La rebelión en los espejos

El Cañadón de los  Espejos tiene una belleza alucinante. El arroyo baja desde las serranías y allí detiene su avance, distribuyéndose en varios espejos de agua. Forma pequeños lagunones transparentes y tranquilos. Cada espejo evacúa agua sin que nada lo apresure y se vuelven a juntar más abajo para formar de nuevo un único hilo de agua, el clásico arroyo que sigue bajando hasta el llano. Esta planicie salpicada de pozos queda a mitad de la altura del cerro y mira al norte. Dado que estamos en el hemisferio sur, las grandes luminarias del cielo siempre la iluminan, invierno y verano.

– Estoy preocupado – dice Eustaquio – salí muy tarde, seguro me alcance la noche junto a los espejos.

A esta zona también le llaman  El Valle de los Nunca Muertos y eso es lo que atemoriza a Eustaquio, sabe que si debe acampar ahí, seguro no va a pegar un ojo en toda la noche. Pretender bajar al pueblo y regresar en el mismo día no es fácil, máxime cuando las horas de luz son menos que las de la noche,  estamos comenzando el segundo menguante de otoño. Se vio obligado a abajar al pueblo para proveerse de semillas, sabe que debe sembrar en la próxima luna nueva, eso lo obligó a realizar esta diligencia, no podía seguir esperando.

– Me encomendaré a La Virgen y que Dios me ampare. Ni el revólver ni el machete me podrán ayudar esta vez.

Ocurre lo que temía, la subida siempre es más lenta, por el repecho y lo escabroso del terreno. Ya empezó a palidecer el día y llegó al primer espejo de agua, sabe que el mejor lugar para acampar es un poco más arriba, debe juntar leña antes que oscurezca más. En el lapso entre que se oculte el sol y salga la luna habrá un período de oscuridad total, quiere que algo lo ilumine, la linterna que trajo es de poca potencia, a esta hora ya pensaba estar  en el rancho, habrá que improvisar. Él es guapo para pasar la noche a la intemperie, no sería la primera vez que lo hace, pero en este lugar, es otra cosa, no le gusta nada, se siente más cómodo cuando las balas o el filo de un cuchillo resultan útiles, no es el caso, y el crucifijo quedó colgado en la pared sobre la cabecera de la cama.

– Ya al sol recién volveré a verlo mañana – dice – pero sólo si Dios y La Santísima Virgen se apiadan de mí. Ahorraré leña, esta noche no quiero que la oscuridad me gane.

Las estrellas se van sumando y cada una se multiplica varias veces, tantas como espejos de agua hay en el Valle de los No  Bien Muertos ¿o de los Nunca Muertos? Esos nombres lo confunden, a la gente  no les gusta usarlos, los mencionan poco.

Recuerda al último chamán que murió no hace mucho,  lo conoció bien, varias veces ayudó a su familia. En el nacimiento de cada uno de sus hijos, en la enfermedad de su madre y unas tantas veces más, recuerda hasta cuando lo mordió el morrocoyo de la cachimba. El indio siempre lo ayudó. Volver a verlo no le desagradaría, pero le da miedo. Un escalofrío recorre su cuerpo, se estremece, está perdiendo el valor, no nació para enfrentar a lo sobrenatural. Siempre dice que prefiere creer que la muerte es definitiva.

– Muerto el perro, se acabó la rabia – dice con los dientes apretados – Y que el perro ¡muerto quede! ¡carajo! ¿Qué es eso de andar amagando a morir? ¡Indecisos de mierda!

Estando en este lugar la oscuridad lo asusta, pero no tanto como la salida de la luna. La luz lunar es romántica, agradable, tranquilizadora ¡pero no acá! Le tiemblan las manos y no es el frío, las pupilas las tiene contraídas y esquiva mirar hacia los espejos de agua, pero es imposible, los pozos de agua lo rodean, mire a dónde mire, siempre hay alguno.  Entrecierra los ojos, no los quiere ver, pero el miedo de no ver a su alrededor es peor.

– ¡Prefiero morir mirando la muerte! – exclama, abriendo los ojos con las pupilas más contraídas aún.

Al salir la luna se marca un hilo de plata largo sobre cada espejo, que comienza en el borde oriental y se extiende hacia el poniente, como buscando tocar al sol que hace rato dejó de brillar. El miedo de Eustaquio aumenta igual que la distancia del horizonte a la luna. El hilo de plata se acorta y de a poco se va transformando en un disco fulgurante, cada vez más redondo.

– ¡Ojalá se nublara! – dice, mientras busca nubes en un cielo totalmente despejado.

El fuego lo reconforta, sabe que tiene un par de horas de presunta tranquilidad, la cosa se complica cuando la luna empieza a llegar al cenit, un par de horas antes de ese momento ya se empiezan a ver cosas raras, eso es lo que le han dicho. Él nunca ha estado en la situación de hoy, siempre buscó la manera de que no ocurriera.  Le han dicho que no hay forma de evitar lo sobrenatural. Una lechuza chista a sus espaldas, se sobresalta, piensa que es índice de mal augurio. Toma dos palos secos y los golpea entre sí con fuerza, con la intención de que el ruido haga que el pajarraco se aleje. Al rato vuelve a chistar, un poco más cerca, no dio resultado.

Intenta dormir, cree que si logra conciliar el sueño y se despierta al alba, habrá conseguido su objetivo: ¡no ver! El día fue agotador, pero el sueño no llega, nota que sólo descansan los músculos, los sentidos siguen alertas, hubiera sido bueno traer unas ramas de mburucuyá, una infusión caliente le podría haber ayudado a dormir, o a hipnotizarse, dicen que es un hipnótico. También podría haberse quedado en el pueblo, pero eso cuesta dinero y ya le queda poco de lo que produjo la cosecha de verano, acampar a la intemperie es más barato, pero no le gusta hacerlo en compañía de fantasmas.

– ¡Para morirse nada más hay que estar vivo! Eso lo he escuchado decir muchas veces, pero ¿por qué estos indios no se mueren de una vez por todas? ¡Estúpidos! Les gusta jugar con los vivos – vocifera.

No puede evitar mirar de reojo los espejos de agua, la luna ya empieza a parecer un círculo. La tranquilidad de la superficie hace que los cráteres lunares comiencen a identificarse, juntos con los valles y montañas de la superficie selenita generan claroscuros estáticos, de formas fijas, eso le gusta a Eustaquio. Por ahora va todo bien, pero sabe que no durará mucho.

La imagen de la luna se completó, el círculo plateado se refleja totalmente en el agua. Esos discos luminosos se multiplican en cada espejo. De a poco los argentos círculos comienzan a deformarse, pierden sus límites, es como que  las fotos de la topología lunar cobraran vida. Aparecen ojos, bocas, bocas que se abren, bocas que sonríen. Desde algunos espejos se escuchan cantos, conversaciones, y hasta parece que desde alguno surge alguna oración chamánica, otras caras exclaman gritos desgarradores.

– ¡La puta que lo parió! – dice Eustaquio – ¿y esto en qué va a terminar?

Las muecas se hacen más acentuadas y cada vez se escuchan más fuerte, hasta que desde cada círculo comienzan a elevarse sobre la superficie figuras que parecen cuerpos contorneándose alocadamente.

– ¡Los círculos cobraron vida! – grita Eustaquio – “O ¡movimiento!” – piensa – “¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte?”

– ¿Qué es esto? ¡Carajo! – grita asustado

Para colmo de males, se distrajo y el fuego comenzó a apagarse. Un aire frío, helado, comienza a cubrir la zona. Se escuchan gritos de pájaros que han sido despertados del descanso. La lechuza, ahora son varias, chistan insistentemente. En cada espejo hay una figura plateada que se contornea, se sumergen y vuelven a salir, siempre viboreando, son como esqueletos articulados, parecen manejados por titiriteros invisibles.

A Eustaquio se le mueven los intestinos, los retorcijones vienen acompañados de una transpiración fría que comienza a cubrirlo totalmente. De su frente bajan gruesas gotas de sudor, tirita, tiene escalofríos y le castañetean los dientes, hace el esfuerzo para controlar el movimiento intestinal, se concentra sólo en eso, cree que todo lo demás no lo va a poder controlar.

Nota que las caras cambian, son diferentes, la figura que se sumerge no es la misma que la que sale después, en el fondo de los pozos hay luces, bajo la superficie ve que son muchas los esqueletos que pelean por llegar al disco lunar, Eustaquio se da cuenta que el reflejo de la luna es la puerta por la que pueden salir a la superficie, pero ¡de a uno por vez! ese es el motivo de la disputa en las profundidades.

De a poco, al rato de cruzar la luna el cenit, la circularidad de su reflejo comienza a desdibujarse de nuevo, y junto con eso la tranquilidad va llegando lentamente, muy despacio. Cada vez son menos las disputas en las profundidades, cada vez es menor el tiempo en que cada figura queda fuera del agua, hasta que sólo se ve el intercambio de rostros en la superficie. Es como que, por turnos, varios personajes asomaran la cara por una única ventana, redonda, plateada, y en la que todos quieren mirar a través de ella. Los pájaros volvieron al silencio y las lechuzas no chistan, pero el fuego se apagó, sólo quedan algunos rescoldos. Eustaquio recupera el aliento y comienza a tomar conciencia de que la tranquilidad está llegando, corre las cenizas y junta las pocas brasas que quedan, toma leños finos e intenta reanimar el fuego, no sólo necesita la luz y el colorido de las llamas, también necesita calor, sigue sintiendo mucho frío, como hace tiempo no recuerda haber sentido.

No demora mucho en llegar el alba, los primeros reflejos del sol van alejando la oscuridad poco a poco, sin apuro. Eustaquio está entumecido, la buena leña se terminó antes de lo previsto y la última parte de la noche sólo quemó charamuscas que lo único que hacían era aumentar más la montaña de cenizas, sin dar calor. Se estira poco a poco, sabe que lo mejor es ponerse en movimiento, sigue sin haber podido descansar, era lo esperado, no se queja, logró ver el sol del día siguiente.

Caminar lo hace ir recuperando la normalidad y poco a poco su cuerpo se va relajando. De todos modos, comienza a sentir pequeñas nauseas, que se transforman en vómito. Obviamente, la noche pasada lo dejó en malas condiciones. Decide que cuando llegue al rancho le va a encender una vela a La Virgen, porque lo sacó de una situación difícil. Considera que por ahora es mejor no contar nada de lo que vio, sus hijos todavía son chicos, no lo entenderían. Su esposa es creyente, cuando vea que él enciende una vela y reza un Padrenuestro, se sentirá feliz. Si le pregunta algo, dirá que es por la bendición de las semillas que trajo. No sabe si alguno de los rostros que vio anoche es el del Chamán amigo, era mucho el miedo que tuvo como para que le quedaran ideas claras. Le han dicho que los espíritus que se ven en el Cañadón de los Espejos son sólo los de los chamanes muertos. La intensidad de la energía que desarrollaron durante su trabajo en vida los dejan encadenados a la tierra y no les permite desarraigarse y pasar al otro mundo. No son ni vivos ni muertos, son fantasmas, y Eustaquio es uno más de los que los han visto cara a cara.

Autor: Harry Biswanger

EL MANCO

Cuento breve: EL MANCO


Gracias a Dios, nací manco. En este siglo XXIII todo se resuelve. Esperaron a que tuviera 6 años y me preguntaron ¿Qué querés tener? Y me decidí por un kit de amplio espectro: un brazo artificial de mano intercambiable. Imagínense poder elegir entre rascarme adentro del oído o poder martillar un yunque. Me dijeron “¡No, no! Brazo entero no podemos ponerle, si a usted sólo le falta la mano.” ¡Siempre tratando de ahorrar! Eso no cambia nunca, no importa el año en que estés. Al final los convencí para que me cortaran hasta el codo, y que, desde allí solucionaran el problema. Fue una solución ¡Maravillosa! Desde ese día, me sentí un niño completo. Me encantaba jugar con los extremos, me rascaba la oreja, me restregaba los ojos y después me dedicaba a romper ladrillos simulando golpes de carate, todo con el brazo artificial. Fui creciendo feliz, pero me faltaba algo, siempre quise pescar, para eso no me sentía cómodo. Sostener la caña con la mano artificial no resultaba agradable. Metí la mano en el bolsillo y comencé a buscar en internet cómo solucionarlo. Al final, no fue tan difícil, encargué que me mandaran un “reel empotrable”, sí, “empotrable”, algo así como  los hornos que se embuten en la pared. Lo coloqué en remplazo de los dedos de la mano, inserté la caña y … sentí como que, ahora sí, podía disfrutar de la pesca como si fuera una persona naturalmente completa. En el Siglo XXIII ¡todo se puede!

Autor: Harry Biswanger

HAY QUE SABER BUSCAR

Cuento hiperbreve: “HAY QUE SABER BUSCAR”

“¡No me gusta la sal!” – dice la sirenita de cabellos de oro. “El océano es así, salado. El agua dulce sólo está en la parte alta de la isla.” – le dice su abuela. La sirenita decide alejarse del agua salada. Llega a la laguna central de la isla y retoza en agua dulce hasta la noche. Se duerme temprano, pero en la madrugada despierta sobresaltada, siente frío y resuelve templar su cuerpo zambulléndose un rato. Rápidamente sale y dice “¡No me gusta el agua fría! ¡Arde más que la sal!”.  El entorno que nos rodea no es tan malo, hay que buscarle el lado bueno.

Autor: Harry Biswanger

LICANTROPÍA FANTÁSTICA

Cuento breve: LICANTROPIA FANTASTICA


¡Fatídico! Nacido el 4 de julio, bajo la luna de escorpio, ascendente sagitario y a las tres de la mañana, en medio de un fortísimo temporal de rayos y granizo, y en el año del mono … ¡Mal agüero! ¡Licántropo seguro! Ese fue el vaticinio que la bruja del pago hizo de mí. Nadie quiso garantizarme un futuro auspicioso, inclusive hay quien sugirió apretarme la nariz hasta que dejara de respirar, decían que esa técnica es efectiva, que no iba a llorar mucho, y que me podían asesinar sin hacer mucho ruido, decían que nadie iba a reclamar nada, porque era en prevención de la seguridad futura de la sociedad, algo así como que era por razones de “salubridad social”, o algo por el estilo. Mi madre fue una cobarde, me dejó seguir respirando. Alcancé la adolescencia casi sin darme cuenta, crecí solo, sin amigos, mi patio era el pajonal. Mis amigos eran las culebras y zorrillos, los sapos saltaban y se alejaban de mí. En la luna llena de cuando cumplí trece años, sentí un cosquilleo en las entrañas, mi piel se erizó y le comenzaron a salir pelos largos, me crecieron las orejas, la nariz y la boca y empecé a escuchar sonidos guturales que salían desde mi garganta. Dije “¡Carajo! La bruja tenía razón”. Esa fue mi primera vez, alcanzó para asustarme y listo, nada más, luego, todo volvió a la normalidad, hasta la próxima luna llena. Durante ese mes pensé mucho y asumí mi condición natural, si soy un bicho, soy un bicho y “¡Listo! ¡Qué más da!” pensé para mis adentros, “Comenzaré a encarar esta nueva fase de mi existencia con entereza y madurez ciudadana, si mi rol en la sociedad es asustar gente, pues ¡Lo haré! no voy a contradecir a la naturaleza.” Y comencé mis tropelías por el pago, cada luna llena, me cruzaba con cuanta persona había en la vuelta, me veían, se me acercaban, me acariciaban, me daban caramelos y me invitaban a ir a sus casas para jugar con sus hermanos más pequeños. ¡Yo no entendía nada! El proceso terminaba, esperaba al mes siguiente y … ¡de nuevo! La gente ¡buscándome para jugar conmigo! Un día vuelvo al pajonal temprano, aburrido de tanto jolgorio, todavía convertido en bicho, me miro en el espejo de la laguna y … ¡ahí me di cuenta! ¡Lejos estaba yo de poder asustar a alguien! Cada luna llena, convertir, me convertía, pero … ¡EN UN OSITO DE PELUCHE!

Autor: Harry Biswanger

METAMORFOSIS

Cuento breve: METAMORFOSIS

Soy un Jacarandá, un esbelto y hermoso árbol de flores violáceas, con enjambres de hojas pequeñas, siempre bien organizadas.  Soy de corazón duro, mi maderamen es de los más densos que existen y cuando desnudan mis entrañas, tiene los colores más sublimes que puedan imaginar. Crezco lentamente, en anillos de pequeñísimo espesor, no acepto urgencias, me tomo mi tiempo, lo bueno no surge de un día para otro, transformo la lividez del agua y del brillo del sol en acerada estructura maderera. En algún momento, alguien capta mi presencia y deciden dar comienzo a mi metamorfosis, deciden que debo transformarme en otra cosa y cortan mis nutrientes, por lo general esperan al solsticio de invierno, cuando tengo menor actividad metabólica, cuando estoy más quieto que nunca. Y me dejan secar, con el ramaje incluido, para que la savia termine saliendo de mi estructura central a través de las hojas que aún me quedan sujetas. Se olvidan de mí durante algunos años, hasta que consideran que es momento de fraccionarme, me transforman en múltiples láminas de maravillosa madera. Y me tocan las toscas manos de un amoroso artesano que comienza a enamorarme con caricias y más caricias, descubriendo cada vez más la belleza de mis entrañas. Y me da forma, por lo general me transforma en una caja hueca, con forma de mujer, a la que le coloca un mástil, le sujeta un encordado y me bautizan con un nuevo nombre. Es cuando algún niño me toma en sus brazos y yo, lleno de emoción, expreso la dureza de mi interior transformada en la ternura de armoniosos sonidos musicales.

Autor: Harry Biswanger